ESQUINAS AMABLES

Casi he muerto atropolleado en Buenos Aires, La Habana y Lima, las capitales americanas que conozco, y todo por creer que los pasos de cebra son una institución panamericana. Pero no. En Buenos Aires los otros peatones me insultaron sorprendidos al ver que yo, intrépido, suicida, ponía mis pies en la calzada, decidido a avanzar sin transar, creyéndome dueño y señor de la calle, de las mentes de los automivilistas y de las voluntandes motoras. En La Habana, mi osadía estimulaba las ansias asesinas de los conductores y en vez de disminuir la velocidad la aumentaban criminalmente. En Lima, un par de veces tuve que esperar, junto a toda la demás masa, dos o tres luces verdes para poder llegar a la otra esquina, porque el tiempo que demoraban en pasar primero todos los “coches” se devoraba la luz del semáforo y ya entonces teníamos de nuevo luz roja para nosotros.

Para mí, las esquinas más peligrosas eran las que parecían más tranquilas, no sé, en barrios con poco tránsito. Veía un auto, solo uno, acercarse a lo lejos, aparentemente sin peligro alguno. Yo pisaba el paso de cebras y calculaba que sin dudas el conductor del móvil al menos tendría tiempo de verme y hacerme el quite o tender a frenar. Nada. Al mismo tiempo, y conmayor razón cultural que yo, el conductor pensaba que yo apuraría mi paso y trotaría hacia la esquina contraria al ver que él se acercaba. Era mi confianza ignorante versus su confianza informada y afianzada en la experiencia de cientos y miles de veces. Entonces, las bocinas, los insultos, los retos.

Ante esas mismas miradas extranjeras, la situación del peatón en las esquinas santiaguinas es la de un dictador, la de un inusual “empoderado”. Ahora es el conductor el que debe esperar una, dos luces verdes para cruzar el paso de cebra, y jamás puede osar acelerar un poco el motor o torear algo con la carrocería. Los insultos ahora van en la dirección contraria: nosotros los peatones levantamos nuestros brazos, golpeamos con nuestros puños la lata del móvil y recibimos disculpas sinceras y preocupadas de parte de los choferes si circunstancialmente están interrumpiendo un paso peatonal.

Ese poder callejero peatonal lo encuentro completamente bakán. Justo y necesario. En verdad es justo y necesario que el elemento débil tenga el poder de detener todo lo que desee la estampida de los voraces motores. Por supuesto, ese poder no es completo y en más de alguna esquina la agresividad automovilística es palpable y es feroz (como en San Antonio con Ismael Valdés). Pero el movimiento está de nuestro lado, el verde nos pertenece, y las esquinas nos son amables. Un pie nuestro en la calzada y la ciudad se detiene. Puro poder peatonal.

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