TERREMOTOS: EL HOYO

cada vez me convenzo más que el terremoto debe tomarse solo entre septiembre, cuando la primavera y las fiestas patrias llegan con el nuevo pipeño dulcecito y carmesí de la temporada, y marzo, cuando el verano comienza a despedirse y solo las últimas barricas sureñas de buen sabor y textura llenan vasos en las picás santiaguinas. desconozco por completo el proceso, pero supongo que justamente en el otoño se acaba lo bueno de la producción del año anterior y que, junto con el inicio de las vendimias, las cosechas viejas de pipeño desaparecen y los boliches aguantan el invierno con lo que les queda y con la fe de que menos gente pedirá una cañita fresca o un terremoto como dios manda.

anoche tomé un terremoto en el mítico bar el hoyo. tenía en la boca el recuerdo dulce de un anterior terremoto tomado ahí mismo, en una mesa llena de impetuosos jóvenes amigos, durante alguna joven primavera. esos amigos ahora estábamos conversadores y abrigados, con problemáticas laborales como nuevas preocupaciones, pensando reflexivos en la vida, en los gobiernos, en las marionetas.

el televisior transmitía una semifinal de copa libertadores. el rumor de la conversa invadía las distintas salas, pero todo estaba más bien tranquilo, como el miércoles sereno de julio que era. los olores invitaban al hambre, los mozos siempre diligentes, el ambiente siempre afable, añoso, acogedor. todo en su punto.

la jarra de terremoto no demoró en llegar. es la más grande la ciudad y la más orgullosa. de verla uno lo nota. se impone con altiva presencia en la mesa, entremedio del pebre, de la pichanga, de los panes amasados, de la lengua con puré. ahí el terremoto es único, grande y nuestro, con una nitidez definitiva que cuesta encontrar en otros locales, en la que su presencia se advierte más tímida sobre las mesas, incluso, en aquellos locales que lo sirven solo por moda, avergonzada.

cuando lo veo así, imponente pero algo pálido, le pregunto al joven de guardapolvo celeste que nos lo lleva que qué fuerte le habían echado y me dice, algo sorprendido, que ninguno. pipeño con helado me dice quizás algo ofendido. y efectivamente, el sabor era claramente solo pipeño con helado. un pipeño dulce y suave, sin dudas rico, y el helado de piña más bien tradicional. claro, hoy leía que el hoyo se enorgullece de ofrecer el terremoto tal como habría sido el original, solo pipeño con helado… pero no sé. para mí el terremoto tiene que llevar su malicia.

aun sabido eso, el terremoto estaba rico, pero no magistral. no era ese terremoto definitivo que uno esperaría tomar ahí. es porque es invierno dije a la mesa y todos hicieron como que me creían. en septiembre llega el pipeño nuevo, el dulce, la nueva cosecha. y no sé si es cierto, pero ahora estoy obligado a volver al hoyo en primavera. excusa perfecta para disfrutar nuevamente de esa mechada o de ese aroma a pernil y arrollado. y para volver a conversar, con nuevas cuitas, un dulce terremoto servido en esa jarra imponente y orgullosa. solo por volver a verla, con la promesa cierta de encontrarme con un terremoto dulce, levemente amargo y consistente, tengo que volver al hoyo. en primavera.

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