TERREMOTOS: EL REGRESO AL MONTE ROSA

“Verano, ese momento simpático…” graficaba Liniers en una de sus cándidas tiras de este verano. Esa misma idea nosotros la completamos con un alegre “… en el que terremotear con los amigos es nuestro trabajo”. Una amiga llegó desde lejos y entonces juntarse a conversar y reír en algún bar, en algún boliche del centro, se vuelve en un gran motivo para vivir estas tardes estivales. Siempre es buena la ocasión para volver a compartir un embriagante terremoto, junto a un imperdible “italiano”, en medio de rostros amados, conversas eternas, encuentros esenciales y emociones imperecederas.

Los bares están para eso, para volver a ellos en búsqueda de la borrachera pasada, de la promesa de felicidad alguna vez cumplida. Volver a un bar querido es retomar un viejo amor y sentir la energía de que todo sigue ahí, en su lugar, simplemente para estar mejor, para vibrar aún con mayor intensidad. Así nos ha sucedido una de estas tardes: retomamos el camino a una pretérita noche de conexión y dimos nuevamente con un rincón mágico, borracho y eufórico, piola sobre todo, y delicioso en sus brebajes. El Monte Rosa.

Aquella vez el mesero amigo nos había sorprendido preparándonos a la que te criaste un terremoto de buen cuerpo y de excelente improvisación, ya que por entonces nuestro trago fetiche no era parte de lo que ofrecía el local. El pipeño que nos brindaron, sin embargo, resultaba ser el mejor que aquella noche probaríamos, y la conversa que indujo el terremoto sorpresa, una de esas de antología. Por eso el deseo de volver.

Y aquí estuvimos nuevamente en Monte Rosa. El viejo rincón sigue incorruptible con su media luz de gran boliche, con su mesero amigo gentil y sonriente, con su ruido de conversa y de centro, con sus calendarios del colo y de la u campeones, con su aire a pasado quieto enquistado a pasos de la Alameda, del gentío, de la locura urbana. Nos ponemos al lado del ventanal que da a la calle. Todos cabemos, porque así es Monte Rosa, y de la nada salen más sillas y mesas para los amigos de los amigos.

Ahora sí hay terremotos en la carta. Tan buenos como aquellos improvisados hace ya casi dos años. El pipeño excelente, el fernet siempre malicioso, el helado rebosante. Cuántos habrán sido, yo no lo sé. Me saben mejores que los del ayer, y tan alegres como los de entonces. Toda la gente en el local está chispeante, conversa en sus mesas y tararea la cumbia que proviene desde algún escondido parlante. En realidad, apenas se oye, porque desde cada mesa sale música de historias, de romances, de anécdotas, de vivencias. Música de terremotos. Cuántos habrán sido, yo no lo sé. Tantos como para embriagar el alma y volver a amar la ciudad en Monte Rosa.

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Un comentario en “TERREMOTOS: EL REGRESO AL MONTE ROSA

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