TERREMOTOS: EL WONDER BAR

Me gusta invitar a amigos al Wonder Bar. En hora de almuerzo o en hora de terremotos, siempre es un lugar perfecto para conversar entre paredes impregnadas de olor a conversa. Su charquicán es de primera línea, ideal para abutagar placenteramente el cuerpo a la hora de almuerzo. Sus sandwichs salvan y sus empanadas son contundentes. Y sus terremotos… ¡Y sus terremotos! Embriagadores como el que más, hechos de puro Mapocho y vecinera Chimba.

Siempre vuelvo al Wonder Bar. Muchas veces con amigos distintos y que quizás buscan por primera vez el sabor misterioso del brevaje capitalino. Ariqueños, sanbernardinos, ñuñoínos, renquinos, lascondenses y sanmiguelinos han compartido conmigo su conversa en esas mesas cuadradas de rojo cantinero. Todo está detenido en el Wonder Bar. La fotografía de Don Ramón, el rayado en la pared, la barra de botellas añosas, el humo en la atmósfera, el barril de los 50 años. Siempre estuvieron ahí. Conforman un mundillo propio, estable, confiable y alegre. Afuera, Mapocho y su ritmo de estación fantasma. Adentro, la risa de la conversación ebria, de borrachera contenta in crecendo, porque el terremoto tiene esa virtud mágica y misteriosa de hacer que el ánimo vaya hacia arriba, hacia la lengua, cada vez más parlanchina y risueña.

El terremoto del Wonder Bar es de claro y delicioso pipeño y de penetrante fernet. Es un excelente equilibrio de sabor, sobre todo porque el pipeño es de calidad suprema, dulce y frugal, tanto que casi no necesitaría el abundante helado de piña sino es para bajarle la temperatura. Sobre todo en esta época que comienza a aparecer un pipeño de calidad renovada, ir por un terremoto al Wonder Bar es un panorama perfecto para comenzar la parte festiva de un viernes por la tarde.

Al segundo, las conversas ya están desatadas y los amigos que jamás lo habían probado expresan sus respetos por el terremoto. Algunos prefieren quedar solo en el primero. El terremoto ha sido servido en un vaso de medio con bombilla y se ha ido bajando al principio lentamente, después con cierta ansiosa voracidad. Es que alrededor todas las mesas ríen, hablan, conversan, y la sinergia del local va aumentando. Nos vamos contagiando de la energía liberada. El humo atrapado en la sala intensifica aún más el ambiente borracho y nebuloso. ¿Cómo no pedir una segunda ronda de terremotos?

El Wonder Bar parece quieto desde la calle y su ubicación misma lo deja tranquilo para la conversa de sus parroquianos. También genera, desde el exterior, esa sensación a local pequeño que soprende, por el engaño, al introducirse a su salón interior. Como otros bares que he comentado, es un bar hacia adentro, de intramuro, que acoge y protege del exterior al visitante. Allá afuera puede haber un mundo de micros y de bocinas. En el Wonder Bar, los terremotos, sus grandes empanadas, sus paredes añosas y sus cuadradas mesas rojas invitan a la conversa animosa. ¡Y qué terremotos! Con sabor perfecto y equilibrio entre sus ingredientes. Otro terremoto imperdible de la ciudad capital.

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5 comentarios en “TERREMOTOS: EL WONDER BAR

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