TERREMOTOS: EL REY DE LA CHICHA Y EL CHANCHO

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Es como que quedara en medio de una penumbra. En una esquina, piola, casi sin verse. Desde Recoleta, aparenta de esas picás pequeñas y tranquilas, pero no más entrar se abre la vista a un gran salón regido por una gran pipa chichera como columna vertebral. Al fondo, el mesón de donde surgen los dulces brebajes y las comidas humeantes. Es el Santa Rosa de Pelequen, El rey de la chicha y el chancho.

Era un local que me coqueteaba de hace mucho. En mis vueltas en bicicleta por el barrio norte se me aparecía. Caminando desde el cementerio o desde el Quitapenas se me asomaba. Siempre así, tranquilo, como quitado de bulla, en medio de una añosa cuadra de edificaciones toscas y bellas, también de belleza oculta y arruinada. Es la vida.

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El rey de la chicha y el chancho. ¡Vaya mote! Así de piola el local y así su apodo, eso debía ir en serio. Primera vuelta de terremotos: dos con fernet y uno con fernet y granadina. Los primeros venían muy cargado al fuerte, pero alcancé a robar ese primer sorbo de la bombilla con pipeño puro. Un pipeño dulce, delicioso, de gusto perfecto. Como el primero de la temporada, como el destacado de septiembre. Un pipeño que hay que conocer, amigo terremotero. El exceso de fernet desequilibró, eso sí, el terremoto. Lo enturbió de café y lo amargó más de la cuenta. El helado, en esa pasada, no bastó para mantener el sabor frugal y el gustillo a hierba terminó imponiéndose. Por su parte, el preparado con fernet y granadina… ¿para qué necesitaba granadina ese pipeño tan delicioso? Tanta irregularidad entre un terremoto y otro me descolocó en su momento.

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La segunda ronda estuvo mucho mejor. Expresamente pedimos un terremoto con más cariño al vaciar los líquidos en el vaso, y así vino, más atento y más equilibrado. El fernet en su dosis exacta, el pipeño reinando, el helado dando la consistencia. Ese ya nos llenó de alegría el cuerpo, de música la cabeza, de conversa la boca.

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El restaurante claramente es de parroquianos conocidos. Algunos cheleaban, otros se bajaban unos buenos tintos, otros terremoteaban. Todo en un tono de conversa tranquila. Hombres y mujeres, la gran mayoría sobre los 40, 50 años. Mucho sandwich a la hora del té. Y conversas que no saturaban. La sala era amplia, ideal para llegar en grupo y meter cháchara. Al fondo de la sala, un grupo de viejos rockeros programaban en el wutlitzer canciones de Woodstock, The Doors y Santana. En la mesa grande de la entrada por Recoleta un contingente de hermanos peruanos llegaron a chelear después de jugarse una pichanga por ahí cerca. Dos amigos entraban y cambiaban una botella de cerveza de a litro vacía por una llena, en total confianza. Me los imaginé cuidadores de autos por el callejón del rincón izquierdo. Cuando llegamos, uno de ellos, en una mesa, escuchaba canciones de Antonio Aguilar programadas al hilo. Nosotros, al lado de un ventanal hermoso de tabla y fierro, poníamos algunas fichas cumbieras y observábamos. El diálogo entre las rancheras, el rock psicodélico y las cumbias le daba al local una sonoridad inestable.

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En la cocina, una mujerona morena preparaba los perniles, los churrascos y las papas fritas con toda su cadencia centroamericana migrante. El sandwich de pernil estaba bien rico, pero después de pegarme con el sandwich de pierna de La Tinaja veo difícil poder sentir que otro le hace collera. Quizás un día haya que volver a comer un buen plato, con papa cocida y chancho humeante. Quizás.

Vale la pena ir al Rey de la chicha y el chancho, por lo piola, por lo quitado de bulla y por el pipeño de oro que ofrece.  También porque adentro mantiene un aire especial de que ahí hay 50 años de vida y bohemia chinganera. De barrio norte, en su ritmo. En su salón no hay locura oficinista después de la pega ni jarana universitaria de 4 de la tarde. Hay viejos cracks conversando un Deep Purple, hay parejas coqueteando un churrasco palta, hay cabros cheleando un Armando Hernández. Al ritmo de una buena cantina. De barrio norte.

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