TERREMOTOS: OLÍMPICO

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La tarde del 31 de diciembre de 2013 Santiago se quedaba, como cada año, vacío de gente y de bulla. A eso de las 6 de la tarde tomé mi bicicleta y me fui a rodar por las calles. Los carabineros cerraban el tránsito de la Alameda para la fiesta de Año Nuevo. Los locales cerraban. Algunos se paseaban por el centro con bolsas de cotillón. En la radio universitaria, un programa periodístico analizaba el devenir de Chile en el nuevo año y con el nuevo gobierno.

En medio de esa parsimonia generalizada, vi, al pasar por calle Rosas, entre Morandé y Teatinos, un local que me llamó la atención porque parecía una picá de aquellas, con un par de personas mayores sentadas adentro, como esperando nada, y porque su letrero a la calle ofrecía un “rico cola de mono hecho en casa”. Con una mirada rápida busqué la palabra “terremoto” y, aunque no la encontré, supuse que también debían ofrecerlo y me quedé con la idea de una tarde ir a explorar. El nombre del local: Olímpico. Nada malo tendría que salir de ahí.

Ya he logrado ir dos veces hasta allá, siempre al anochecer, y el local ha entrado en mi corazón terremotero justamente por tener el tiempo detenido en una tranquilidad silenciosa y permanente muy cercana a la resignación. Una paz triste. Una calma constante. Me pareció estar, por ejemplo, en un local de alguna caleta de pescadores en pleno agosto, cuando se mantienen abierto ya entrada la noche porque siempre llegará alguien, pero todo sigue quieto.

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Y no es que al Olímpico no vaya nadie. Es un local amplio que siempre tiene a más de un parroquiano disfrutando su deliciosa comida casera. El televisor transmite un partido de Colo Colo, el primero con Paredes y Pajarito Valdés en cancha, y aunque llega gente a ver el partido, el ritmo silencioso y melancólico no se transfigura ni en bullicio ni en algarabía. Vas a conversar con calma, casi en silencio, como si no hubiese nada más que hacer en la vida que esperar y dejar que el tiempo pase.

La entrada de picá antigua de centro, con sus pizarras escritas a tiza y su antiguo letrero luminoso, da paso a tres salas de porte mediano llenas de espejos y una decoración que se fue quedando así, tal cual, con el paso del tiempo. En la primera mesa siempre se ve una pareja de  adultos mayores, con el cuerpo hacia la entrada y la mirada hacia el televisor. ¿Serán los dueños del Olímpico? Ahí están siempre, tomando un té. Apenas conversan entre ellos y casi no se mueven.

La segunda y tercera sala mantienen el aire de casona de centro vieja, sin ventanas y con flores secas, con el techo alto y una gata que da vueltas como vigilando que nada rompa la calma. Las paredes están casi desnudas en su pintura. Las mesas, engalanadas con manteles de plásticos plenos de humilde orgullo.

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El alma y motor del Olímpico es Pabla, la mujer de cara agradable pero de gesto duro que atiende y prepara los platos. En un primer momento, pareciera que va a ser amable y risueña, pero su respuesta es silenciosa y acotada, como curtida por el tiempo y quizás por cuántas historias.  A medida que avanza la noche, relaja el ceño y ofrece más de una sonrisa. Llevo trabajando 20 años en este local, nos cuenta. Y el local tiene más de 30. Pero antes era mejor, cuando estábamos en Compañía, justo al frente de Teatro de la Chile. Ahora, en ese lugar, paredes de cholguán advierten que se nos viene una nueva torre monstruosa en pleno centro, ahí, donde Olímpico debe de haber brillado en una casona de lujo perdido e irrepetible. Pabla se muestra con el silencio algo rabioso de lo que fue y ya no es. De estar un poco más en Comala que en el Olimpo.

Uno de los espejos de la primera sala señala con orgullo que ahí sí se ofrece terremotos. Y son unos terremotos deliciosos, de pipeño excelente y mantenido en frío, con el grado de dulzor exacto, a medio camino del más árido e intenso de La Tinaja y del más azucarado del Wonder Bar. Un terremoto refrescante y embriagador, con buen helado y el toque justo de fernet, servido en jarra shopera de medio. Una nueva delicia de terremoto.

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Y la otra delicia, ¡sus platos! Rica carne, ricas papas. Sus porotos deben ser igualmente de primera línea. Siempre con los grandes locales hay una buena excusa para volver. Y me queda mucho que probar aún en el Olímpico de Rosas. Ahí, donde el tiempo parece que se detuvo.

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