LA SEÑORA DE LOS JUGOS

IMG_4082

En un rincón de Santiago, en un rincón popular y transitado, se encuentra todas las mañanas la señora de los jugos. La mamita de los jugos. De 7 a 9 y media de la mañana, “antes de que los policías se pongan pesados y me quiten todo”. La implacable ley, el ridículo y exacerbado culto al orden también tiene sus horarios.

Pero ahí está ella, ofreciendo su jugo de naranja y de pomelo. Cada mañana, haga frío mapochino o el sol ya ilumine vigoroso desde la cordillera. Jugos frescos, deliciosos, de esos que los amigos migrantes nos enseñaron a tomar en plena calle. ¿Por qué no los tomábamos antes? Vaya uno a saber qué discurso, qué ilusión de progreso y modernidad nos lo impedía. Pero volvieron los jugos y las frutas picadas. O más bien aparecieron, así, por toda la ciudad, pra quedarse. Porque son ricas. Porque están frescas. Porque la vida se alegra con esos colores y esos sabores.

La señora de los jugos ha invertido en su carrito y en su exprimidora de jugo manual. “Son unos pesitos para ayudar en la casa”, dice. “Yo a mi edad tengo que buscar algo en que entretenerme, ve. Me vine a Chile para acompañar a mi hija, y aquí con los jugos me ocupo en algo”. En un cochecito, a su costado, duerme su nietecita. Algunas mañanas la pillo despierta y es una chiquilla vivaz, hermosa, que ríe mostrando sus dientes y haciendo brillar sus ojos aceitunos.

La mamita de los jugos agradece amablemente cada vasito que uno le compra. La gente pasa rauda desde el metro o desde una micro, pero ahí se detiene a refrescar la mañana. A remojar el desayuno. Uno o dos minutos que ella recompensa con un “dios lo proteja” o con un “dios bendiga su día”.

¿Qué daño hace la mamita de los jugos? No lo sé. No veo, gracias apus del valle, con los ojos de los policías, de los inspectores municipales ni de los adoradores de que todo debe ser ley. Al contrario, solo veo en torno a ella alegría, salud y descanso en medio de la ciudad. Si su conversa es amorosa, por qué tiene que vivir con miedo. Si lo que ofrece es natural y fresco, por qué tiene que vivir con culpa. Ojalá que mañana por la mañana, cuando pase por ahí, ella siga con su carrito, con su radio portátil transmitiendo alguna prédica, con su nietecita riendo con los dientes. Me bajaré de la bicicleta y conversaremos un vasito de naranja. Los dos ganaremos. Ella me dará sus bendiciones y yo le daré las mías. “Cuídese en la bicicleta” me dirá ella. Yo le diré “gracias, mamita, hasta mañana”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s